
1. Gracia costosa y la lucha contra el pecado
El tema de la “gracia costosa” y la “gracia barata” es de suma importancia en la fe cristiana; a la vez, es un punto que preocupa y hace tropezar a muchos creyentes. El Pastor David Jang lo subraya desde varias perspectivas, enfatizando con firmeza que la “gracia costosa” nunca debe rebajarse a “gracia barata”. La gracia costosa es, en sentido literal, la gracia sagrada y preciosa que se nos ha transmitido a través de la santa sangre que Cristo derramó en la cruz. Nosotros, que estábamos destinados a la condena de muerte a causa del pecado, fuimos justificados gratuitamente por el sacrificio del Hijo de Dios. Sin embargo, si esta gracia llega a verse como algo que no requiere ningún precio, algo que consideramos fácil y “obvio” en nuestra vida, entonces se convierte en una “gracia barata”. En otras palabras, si olvidamos lo preciada que es la sangre derramada por el Señor y tratamos su gracia como un simple “resultado natural, recibido sin esfuerzo”, ello pervierte y destruye gravemente el camino de la fe.
El Pastor David Jang califica de “pecado letal” la desvergüenza que implica convertir la gracia costosa en gracia barata. Si uno no comprende cuán grande fue el sacrificio de la cruz del Señor y, simplemente por estar adscrito a la iglesia o haber recibido el bautismo, proclama con demasiada ligereza su seguridad de salvación, dejando de reflexionar seriamente sobre la muerte y resurrección de Jesucristo, al final se desmorona la esencia de nuestra fe. Si olvidamos el ardor con que el Señor oró en el huerto de Getsemaní, hasta el punto de sudar gotas de sangre, y reducimos el indescriptible dolor físico y espiritual de la cruz a un simple dato intelectual, caemos directamente en la gracia barata. La “gracia costosa” es, por definición, el regalo celestial y la gracia transformadora que surge del acontecimiento de la cruz, donde Cristo cargó con nuestros pecados. Este don otorgado por Él modifica por entero al creyente y, en lo más profundo del alma, hace que aborrezcamos el pecado y anhelemos la santidad.
Ahora bien, en lo práctico, se presenta un nuevo desafío para el creyente que ya ha recibido la salvación: es la “naturaleza pecaminosa que aún palpita” a pesar de haber sido salvo. El Pastor David Jang, recordando Romanos 6:23 (“la paga del pecado es muerte”), recalca que no debemos subestimar en absoluto el poder del pecado que aún permanece en nosotros. Aunque por la redención de Jesucristo hemos recibido la “declaración legal” (justificación), mientras vivamos en este mundo seguimos albergando hábitos corrompidos y prácticas malvadas. Estos vestigios o impulsos pecaminosos dentro de nosotros nos incitan continuamente a pecar y nos susurran ir en dirección opuesta a Dios.
En el interior del creyente conviven dos “yo”: el “yo que ha sido salvo” y el “yo viejo, arraigado en malos hábitos”, ambos enfrentados en un continuo conflicto. El Pastor David Jang describe esta estructura diciendo que coexisten “yo” y “el no-yo que está en mí”. Esta pugna se manifiesta a menudo en la vida de fe, sobre todo cuando examinamos si nuestro carácter ha mejorado: “¿Por qué sigo sintiendo estas emociones negativas? ¿Por qué aún no logro librarme de mis vicios pecaminosos?” Surgen la autocrítica y la confusión. Aquí es fundamental comprender el verdadero significado de la confesión de Pablo en Romanos 7 cuando exclama: “¡Miserable de mí!” (Rom. 7:24, VRV). Pablo, aun siendo ya un hijo de Dios, sigue librando una batalla contra la naturaleza pecaminosa que persiste en él. Esta lucha es la consecuencia inevitable de nuestro proceso de santificación.
En definitiva, otro asunto clave que enfrenta aquel que ha recibido la “gracia costosa” es “comprender y librar apropiadamente el conflicto entre la salvación y la santificación”. Para no convertir la gracia costosa en gracia barata, primero debemos profundizar en “¿qué significa la cruz para mí?” y reconocer “¿por qué, aun aborreciendo el pecado, presto oído a sus susurros?” Cuando hacemos esto, la confusión entre la “salvación ya obtenida” y la “salvación que aún debe completarse” se reduce. La salvación sigue un proceso con miras a una consumación final, y en ese trayecto debemos despojarnos sin cesar del pecado. Tal como lo expresó Pablo, en el proceso decimos: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?”, pero a la vez experimentamos la seguridad de la victoria en Cristo Jesús, degustando las dos realidades de forma simultánea.
El Pastor David Jang, al profundizar en el tema de la “gracia costosa y la lucha contra los hábitos pecaminosos”, insta a que no descuidemos la batalla contra el pecado, incluso después de haber recibido la salvación. Si, por el mero hecho de ser creyentes, nos volvemos insensibles y proclamamos “ya soy salvo” mientras dejamos que el pecado opere sin freno, eso equivale a volver a abaratar la preciosa gracia. Por otro lado, si somos conscientes del pecado al extremo de lamentarnos continuamente —“sigo siendo pecador, ¿qué haré?”— y quedarnos atrapados en la autocompasión, dudamos de la plena eficacia de la sangre de Jesucristo y de su poder para salvarnos. Por tanto, hay que evitar estos dos extremos y mantener siempre el anhelo sincero de vivir conforme a la “gracia costosa”.
Romanos 7:25 y su continuación en 8:1 —“De manera que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…”— constituyen un pasaje que el creyente debe meditar cada día. Debemos fijarnos en que la “lamentación del capítulo 7” enlaza inmediatamente con la “declaración victoriosa del capítulo 8”. Aun existiendo la angustia del capítulo 7, el versículo 1 del capítulo 8 inicia con “Por consiguiente” o “Ahora, pues”. Esto se interpreta como un mandato de no perder jamás la seguridad de la salvación, aunque seamos creyentes que seguimos en plena lucha contra el pecado. El amor de Dios permanece abierto eternamente para nosotros, pecadores, y la proclamación de que al creyente no se le condena jamás es el corazón de la “gracia costosa” que debemos aferrar.
Así, la razón y la necesidad de que aquellos que han recibido la “gracia costosa” luchen contra el pecado están muy claras. El Pastor David Jang vuelve a subrayar, citando la armadura espiritual de Efesios 6, que no debemos cesar en esta “buena batalla de la fe”. Hemos de aferrarnos firmemente a nuestra identidad como creyentes salvos y luchar contra el pecado. Es cierto que, en ciertos momentos, el pecado podría vencernos y abatirnos como Caín mató a Abel; sin embargo, una y otra vez Dios nos viste con “pieles” (imagen de la justicia de Cristo), igual que lo hizo en Génesis. Esa continua experiencia de caer y levantarse, de ser restaurados y avanzar en la fe, demuestra que seguimos aferrados a la “gracia costosa”.
En conclusión, la idea fundamental que el Pastor David Jang expone en este primer apartado es que “la cruz nunca es algo ligero, y la salvación que hemos recibido se edifica sobre un sacrificio y un dolor extremos, siendo una dádiva de valor supremo”. No debemos trivializar esta gracia, ni dejar que el exceso de culpa nos prive de la alegría de la salvación. Precisamente porque la “gracia es costosa”, tenemos la obligación de luchar contra el pecado, y en ese proceso, con la ayuda del Espíritu Santo, avanzamos gradualmente hacia la semejanza con el Señor. En este camino se incluye la lucha permanente contra el pecado, pero quienes están en Cristo ya no están bajo condenación; por consiguiente, debemos mantener cada día la “certeza de la salvación” y, al mismo tiempo, proseguir la “batalla sagrada contra el pecado”.
2. Justificación y santificación, y el significado de “estar en Cristo Jesús”
El Pastor David Jang presta gran atención a la relación entre la justificación y la santificación que el apóstol Pablo destaca. En Romanos 5 al 8, Pablo aborda cómo, en la tensión entre el “ya” y el “todavía no”, el creyente puede aferrarse a la seguridad de la salvación y, a la vez, luchar contra el pecado. La justificación (justification) es el estado de “inocencia legal” que obtenemos al creer en la expiación de la cruz de Jesucristo. Esta justificación es fruto total del amor unilateral y la gracia de Dios, sin que haya ningún mérito o acto humano que lo posibilite. Es decir, la salvación que jamás podríamos alcanzar cumpliendo perfectamente la ley, Dios nos la concedió gratuitamente a través de Su Hijo unigénito. Ésta es la esencia de la “gracia costosa”.
No obstante, tras entrar en el estado de justificación, nuestra vida y nuestro carácter, esto es, nuestra “forma de ser y de actuar”, aún distan de ser perfectos. La santificación (sanctification) se refiere al proceso progresivo por el cual la persona justificada se va volviendo cada vez más santa, incluyéndose aquí la práctica y la lucha para deshacerse del pecado y asemejarse más a Cristo. El Pastor David Jang señala que, durante este proceso de santificación, a menudo caemos en dos extremos: nos desanimamos pensando “¿en qué he cambiado? Mi realidad no parece muy distinta a la de antes”, o nos envanecemos creyendo “ya no necesito combatir el pecado; todo está resuelto”.
Como Pablo confiesa en 1 Corintios 15:31 (“muero cada día”), aun tras creer en Jesús y recibir la salvación, en todo momento debemos vigilar y oponernos al pecado. Sin embargo, esta lucha no es desesperada, pues tenemos la certeza de la salvación por estar en Cristo Jesús. Aunque parezca una paradoja, la justificación y la santificación no son aspectos contradictorios, sino dos caras de la misma moneda. Es natural que quien ha sido justificado progrese en la santificación, y Dios nos concede la presencia y la ayuda del Espíritu Santo en ese camino. De ahí que aferrarnos simultáneamente a la “certeza de la salvación (justificación)” y a la “lucha sagrada contra el pecado (santificación)” no sea una utopía irrealizable.
El Pastor David Jang recomienda leer la segunda parte de Romanos 7 y el inicio de Romanos 8 como una sola unidad. Romanos 7:25 —“Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne sirvo a la ley del pecado”— enlaza con 8:1 —“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”— y no deben separarse. Más bien, ambos versículos se integran en un mensaje común: “Aunque sientas la tensión de la antigua naturaleza pecaminosa, jamás se te condenará si estás en Cristo Jesús”. Éste es el núcleo del evangelio que Pablo proclama.
Aquí aparece la famosa expresión “en Cristo Jesús (in Christ Jesus)”. “Estar en Cristo” no se reduce a sentir admiración por Jesús o imitar Su enseñanza como una mera guía ética. Al contrario, tal y como Jesús expresó en Juan 15 —“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”—, describe una unión espiritual misteriosa. Igual que el sarmiento no puede recibir savia si se separa de la vid, el creyente recibe vida continuamente de Cristo Jesús. El imperativo “Permaneced en mí, y yo en vosotros” no es sólo una metáfora, sino la estructura real de la vida espiritual. Si no recibimos de Él la vida espiritual, fácilmente recaeremos en la esclavitud del pecado.
Para asimilar este concepto de la “unión con Cristo”, explica el Pastor David Jang, hace falta cumplir con la plenitud del mandamiento del “amor”. Jesucristo mismo dijo: “Así como el Padre me ha amado, yo también os he amado; permaneced en mi amor” y “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”. Cuando el amor de Dios y nuestra obediencia se funden, experimentamos lo que significa “permanecer en Su amor”. No se trata de la lógica de condena y castigo por la Ley, sino de enfrentar y aceptar el carácter de un Dios que ama al pecador hasta el fin. Tal amor se convierte entonces en nuestra “respiración” espiritual. Esta unión por amor es la que Pablo condensa en la frase “en Cristo (In Christ)”.
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” ha sido malinterpretado por algunos legalistas, como si significara “en ese caso, podemos vivir como queramos”. Sin embargo, la intención de Pablo es justo la contraria: si tú, que eras pecador, has sido perdonado y libertado, ¿cómo volver de nuevo a la esclavitud del pecado? Si se regresa a esa vida acomodada al pecado, sería cometer el mismo error descrito antes: convertir la “gracia costosa” en una “gracia barata”. Por ello, en lugar de tomar la “ausencia de condenación” como excusa para presumir, hay que convertirla en el motor que nos impulsa a vivir una nueva vida libre del pecado. En Romanos 8:2 se anuncia que “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús” nos ha liberado “de la ley del pecado y de la muerte”, lo que implica que el pecado ya no es rey para dominarnos. Al mismo tiempo, recalca que, a partir de ahora, debemos vivir guiados por el Espíritu, “haciendo morir cada día las obras de la carne”.
Vemos, por consiguiente, que la justificación, la santificación y el hecho de “estar en Cristo Jesús” se hallan profundamente interrelacionados. La identidad del creyente consiste en esta verdad: “Estoy en Cristo, he sido justificado por Su sangre, y por tanto muero cada día al pecado para asemejarme más al Señor”. Al exponer este proceso, el Pastor David Jang añade que, aunque parezca que afrontamos “problemas similares en su forma” a los de antes, debemos darnos cuenta de que “la esencia ha cambiado”. Lo compara con el concepto de “isomorfismo de distinto carácter”: aunque, en apariencia, el sufrimiento y la tentación se presenten igual que antes de recibir la salvación, la cualidad es distinta. Ahora no se trata de un sufrimiento causado por el pecado, sino de un sufrimiento del “justo”, un sufrimiento compartido con Cristo o un padecimiento que viene al practicar el amor.
De hecho, Jesús dijo a Sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, y Pablo también expresó: “Cada día muero”. Esto implica que en la vida cotidiana debemos negarnos a nosotros mismos y practicar un estilo de vida centrado en Cristo. Sin embargo, esta batalla no es un martirio mecánico carente de gozo, porque tenemos la seguridad de que “ya hemos recibido la libertad en Cristo”. Mientras luchamos contra el pecado, también poseemos la gran alegría y esperanza de la salvación.
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1) condensa todo este proceso. Aun teniendo la lamentación del capítulo 7, Pablo arranca el capítulo 8 con la conjunción “Ahora, pues” o “Por consiguiente”. Aunque persista el conflicto existencial del pecado, no puede robarte la salvación. Ésta procede enteramente del amor de Dios, amor que se manifestó de modo supremo en la cruz de Cristo y se confirmó con la resurrección y la presencia del Espíritu Santo. Pablo concluye diciendo: “¡Gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro!” (Rom. 7:25), y desde esa admiración espiritual declara con convicción en 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. En ese “Por consiguiente” se encierra un profundo mensaje.
El Pastor David Jang subraya que “sin justificación no hay santificación, y sin santificación la justificación pierde su verdadero sentido”. Por la justificación, ya hemos recibido el perdón de pecados; sin embargo, hemos de proseguir la lucha diaria contra los hábitos pecaminosos con la ayuda del Espíritu Santo. Y la energía fundamental que impulsa todo este proceso no es otra que la “unión amorosa por estar en Cristo Jesús”. Una comunión espiritual íntima con el Señor, la voz del Espíritu que escuchamos a través de la Palabra y la presencia de Dios que se experimenta en la oración son la base de nuestra capacidad para combatir el pecado.
Romanos 8:3-4 explica concretamente cómo la encarnación y la cruz de Jesucristo cumplieron perfectamente los requerimientos de la Ley: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros…”. Aquello que no podíamos cumplir, Cristo lo logró de manera perfecta, y esa justicia se nos acredita a quienes creemos en Él. A la vez, debemos esforzarnos en asemejarnos cada vez más a la vida de Cristo, y en ello consiste la santificación.
El Pastor David Jang añade que la meta suprema del creyente es la “glorificación”, la cual se refiere al estado final en que resucitaremos para compartir la gloria con el Señor. No obstante, no es un suceso mágico que desciende del cielo de un día para otro, sino algo a lo que nos aproximamos gradualmente a través de la batalla diaria de la santificación aquí en la tierra. Al igual que Noé construyó el arca, atravesó el diluvio y comenzó una nueva vida en un mundo renovado, nosotros, al ser justificados, entramos en la “arca de la salvación”. Y mediante el proceso de santificación, vamos despojándonos del pecado y recuperamos la imagen original que Dios diseñó para nosotros. La “glorificación” es la culminación de ese camino. Por eso, el mensaje de David Jang, en última instancia, es un llamamiento a no olvidar la esencia de la salvación que ya hemos recibido, sino a mantenernos fieles en la batalla espiritual que aún no ha concluido.
“Estar en Jesús” implica también que cada creyente no sigue a Jesús de forma aislada, sino que pertenece al cuerpo de Cristo —la Iglesia—. Aunque tengamos distintos dones y ministerios, todos somos, en última instancia, miembros de un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo. Como ilustra Pablo en 1 Corintios 12, ejercemos diferentes funciones, pero formamos una sola unidad. Del mismo modo, en el proceso de la santificación no estamos solos; necesitamos servirnos y orar los unos por los otros dentro de la comunidad eclesial, y practicar el amor para que la santificación sea más plena. El Pastor David Jang enfatiza que “la lucha espiritual es muy difícil de librar en un yo aislado; debemos crecer y recibir apoyo mutuo dentro del cuerpo del Señor”.
En conclusión, este segundo apartado enseña que justificación y santificación son inseparables, y que “estar en Cristo Jesús” significa que el amor de Dios hacia nosotros, pecadores, quedó plenamente revelado en la cruz, y que, cuando permanecemos en ese amor, obtenemos verdadera libertad y poder. La lucha interna del creyente, con sus tentaciones persistentes, no puede sacudir la certeza de la salvación que hemos recibido gratuitamente. Cuando comprendemos esto, encontramos el equilibrio apropiado. El creyente “hace morir cada día el pecado”, pero no se condena a sí mismo; en el momento en que uno se autocondena sin medida, menosprecia la fuerza salvífica de la cruz y deja de disfrutar la “gracia costosa”.
Por el contrario, si alguien desdeña la batalla de la santificación con el pretexto de “estar ya salvo”, también hiere la esencia del evangelio. El conflicto entre la justificación y la santificación se mantiene en tensión entre dos peligros: la “pereza” y la “autocompasión excesiva”. Lo que nos sostiene en esta tensión es, precisamente, el hecho de “estar en Cristo Jesús”. Al permanecer en el Señor, cada día experimentamos Su perdón y amor, aprendiendo Su carácter. Como sarmientos unidos a la vid, recibimos incesantemente el alimento de la vida; así obtenemos fuerzas para luchar contra el pecado sin perder el gozo de la salvación.
El Pastor David Jang aconseja contemplar con equilibrio esa “libertad y lucha en Cristo”. Justamente ésta es la cumbre a la que llega Pablo en Romanos 8, especialmente en su parte final, cuando exclama: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rom. 8:35). Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Esta declaración majestuosa demuestra, en definitiva, que ningún poder —ni el pecado, ni la muerte, ni la condena— puede arrebatarnos la vida cuando estamos “en Cristo”.
Nos corresponde, entonces, no menospreciar la gracia costosa otorgada por Cristo, y aunque seamos salvos, seguir luchando contra la inclinación pecaminosa que busca resurgir en nosotros, avanzando en la santificación con la certeza de la justificación. En resumen: “La gracia costosa nos empuja a combatir el pecado, pero esa batalla está marcada por la seguridad de la victoria”. Y en todo su recorrido —desde el inicio hasta la culminación— lo más importante es no olvidar que estamos “en Cristo Jesús (in Christ Jesus)”.
Como recalca incesantemente el Pastor David Jang, “estar en Cristo” es el fundamento de nuestra existencia de fe. Al aferrarnos profundamente a ese fundamento, aunque se presenten tentaciones de pecado, podemos avanzar con valentía basados en la identidad de “personas ya salvas”. En esa senda, el Espíritu Santo nos asiste, la comunidad de fe ora con nosotros y la Palabra de Dios ilumina nuestro camino. Así perseveramos en la santificación. Y cuando algún día estemos frente al Señor y alcancemos la “glorificación”, todo ello habrá sido posible por la gracia costosa de la cruz y por el empeño diario de despojarnos del pecado estando en Cristo Jesús.
Para resumir, el mensaje principal de este texto descansa en dos pilares. Primero: no trates a la ligera la gracia costosa que recibimos gracias al sacrificio de la cruz. Segundo: en la gracia de la justificación, somete el pecado con la ayuda del Espíritu Santo y avanza hacia la santificación. Y a lo largo de todo el proceso, graba en tu corazón que permaneces “en Cristo Jesús”. Ningún pecado ni lucha espiritual puede separarnos del amor de Dios. Incluso en medio de la tensión entre el “ya” y el “todavía no”, recordemos que no somos seres condenados y conservemos la gracia, siguiendo al Señor hasta el fin. Éste es el mensaje que el Pastor David Jang quiere comunicarnos.
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